“El amanecer de la hermandad”, es el título del Cuento que ganó el primer lugar del Concurso Literario.
Autor: Luis Alberto Espinoza – Ëzequiel.
Madrugador de la Parroquia Jesús Buen Pastor – San Martin – Argentina.
El amanecer de la hermandad.
A mis casi 60 años, el cuerpo ya está programado y antes que suene la alarma estoy despierto. Son las 4:30 AM, y es mi hora, el rato más consagrado del día. Vivo en la provincia de Buenos Aires, partido de San Martín, habito un monoambiente de aproximadamente 36 metros cuadrados. Ya se imaginarán, cada centímetro cuenta. Soy Ezequiel, y mi vida se divide entre dejar la fábrica textil impecable (mi laburo de maestranza), enseñar sílabas y números por la tarde y cuidar adultos mayores por las noches. Tres laburos que exigen orden, prolijidad y atención, sin embargo, la madrugada, esa me pide otra cosa: espacio y paz.
Salgo de la cama, preparo mi café, el cual deja en todo el ambiente ese olorcito que es mi primer premio del día. La primera hora la uso para mí, para dar gracias a Dios por un nuevo día y agradecer que estoy vivo. Es la hora de hablar con Dios sin testigos, de entregarle la lista de preocupaciones antes de que ellas me ganen. Ahí, en ese metro cuadrado de silencio, el espíritu aprende a estirarse y a ser infinito. Pienso en las cosas importantes. Es mi momento de introspección, antes de salir a la calle.
La Oración del pedaleo
A eso de las 6:45 AM, ya estoy listo para irme. Saco la bicicleta, mi compañera. Subirme a ella es mi primer gran acto de voluntad. En ocasiones el frío de la mañana, te pega en la cara y te avisa: “Estás vivo, Ezequiel”. El aire frío del alba es como el agua bendita: te despabila y te purifica.
Pedalear por San Martín un día sábado y a esa hora es una meditación sobre ruedas. La bici me obliga a poner un ritmo, y en ese pedaleo, las cargas se alivian, las quejas se convierten en energía. La soledad de ser separado, la presión de las clases, el cansancio… todo se vuelve energía que mueve la cadena. Dejo el encierro para ir directo a la fraternidad.
El Encuentro Fuerte: El Segundo Sábado
Llego a la Parroquia Jesús Buen Pastor. El pedaleo hoy es especial porque no es un día cualquiera: es el segundo sábado del mes, el día de la reunión con mis compañeros madrugadores. Dejo la bici y entro. La oración en la capilla comienza a las 7:30 AM.
Siempre potente, con ese silencio que te resetea el alma. Es un descanso que no se compra con dinero. En esa comunidad de Madrugadores, me siento bien, tengo sentido de pertenencia al grupo. Nos miramos, y en ese silencio, entendemos que todos cargamos una cruz, y que nadie está solo en la batalla. Esa es la primera fuerza multiplicadora.
La cosa no concluye ahí…
Una vez terminamos de rezar, el grupo de hombres nos dirigimos a un salón que se encuentra en la parte posterior de la catedral. Ahí está la verdadera comunidad y el aguante. Nos espera un buen desayuno: mate, facturas, café, tortas. El desayuno no es solo para comer; es para alimentar el alma. Y ahí sí, sentados y tranquilos, soltamos la lengua. Hablamos de lo que nos pasó en el último mes. Las alegrías, los bajones, el hermano o hermana a quien el Señor llamó a su presencia, se habla de todo un poco. Es un momento de fraternidad donde Ezequiel, el multioficios, se sienta de igual a igual con todos. Nos escuchamos, nos aconsejamos, nos hacemos de apoyo. Ahí te das cuenta que el esfuerzo de levantarse temprano no es solo para rezar; es para compartir la vida, para desahogarse y agarrar más fuerza. Escucho la historia del otro y mi propio peso se alivia, porque sé que alguien más entiende. El testimonio del hermano se convierte en un faro que ilumina mi propio camino. Esta mesa se convierte en nuestra póliza de tranquilidad, nuestro motor de crecimiento espiritual.
El aliento del segundo sábado.
Me quedo pensando en Nuestra Madre María. Ella me enseña que la influencia es una cosa callada, me llevo su imagen no como una figura quieta, sino como el ejemplo de la fe en movimiento. Ella nos enseña que el mayor impacto se logra con la paciencia y la presencia constante. Esa paz que agarro en la oración y que completo en la charla del desayuno es mi multiplicador. A la semana siguiente hago mis actividades con el alma barrida. Trato de no impacientarme. Tengo paciencia para enfrentar el día a día. Muestro a mis compañeros mi tranquilidad y eso sirve de inspiración para otros.
Vuelta a casa.
A eso de las 9:00 AM, con el estómago y el espíritu llenos, tomo de nuevo mi bici, ya hay más circulación de personas en la plaza y alrededores, el sol está levantando y se siente el movimiento del pueblo que comienza sus actividades.
Vuelvo a subirme a la bici. El pedaleo de regreso es más firme, más seguro. Ahora voy blindado. Llevo la fuerza del café, la quietud de la oración y, lo más importante, la energía del hermano que me contó su lucha y me dio su apoyo. Vuelvo a mi monoambiente, a mi base. Ya no lo veo como un lugar chico, sino como el punto de partida de un hombre que, con su fe, su bicicleta y su comunidad mensual, ha encontrado la fórmula para que la vida siempre le dé paz multiplicada.
